domingo, 26 de mayo de 2013

Rebeldía






"La vida era injusta" ––pensaba. Mi prima y yo debíamos quedarnos en otro salón de clases si no llegaba nuestra maestra, y seguramente a los demás compañeros los dejarían irse. De pronto llegó la directora y preguntó ––¿Quién vive dentro de la Base Aérea?––. Algunas manos temerosas se elevaron y hábilmente la mía también; al mismo tiempo pellizqué a mi prima para que levantara la suya. La directora pidió que saliéramos al enrejado para ver si aún estaban nuestras mamás fuera de la escuela y de ser así, nos podríamos retirar. Fuimos al salón por nuestras cosas y corrimos a la puerta en busca de aire diferente.
Ya afuera, se le ocurrió la idea más aburrida del mundo.
––Caminemos rápido para llegar temprano a casa...––dijo mi prima.  Yo con mi cara de pocos amigos. 
––¡Claro!, pero antes pasemos al parque ––comenté. Ver el parque a nuestra merced fue un momento mágico. Los columpios, el sube y baja, la telaraña, el pasamanos y aquella “bola” tan divertida que de tantas vueltas nos hacía vomitar. ¡Que padrísimo!. Ni un juego se nos escapó.
Después de un par de horas de extrema diversión, ya un poco cansadas, caminando  a casa, nos detuvo mi tía, que iba hacia la escuela; se enteró de que no había llegado la maestra y regresaba por nosotras. Le contamos nuestra hazaña y lo mucho que nos habíamos divertido, pero ella, no muy contenta, nos recordó que nosotras no vivíamos dentro del área militar. Mientras los demás niños demoraban caminando escasos minutos para llegar a casa, nuestro recorrido era de por lo menos de 40 minutos, porque vivíamos a orillas de la Base Aérea. No me importó caminar demasiado. Solo pensaba que había sido mil veces mejor jugar que permanecer en la escuela.
Llegando a casa, mi tía platicó a mi mamá de nuestra gran aventura y se llevó a mi prima. ¿Qué habría pasado con ella? Nunca le pregunté.
Ahora recuerdo perfectamente los millones de gritos y regaños de mamá diciendo.
––¡Gabriela!, una niña no debe mentir diciendo que ve a su mamá afuera de la escuela para poder escapar...
Y llevo tatuada en la mente aquella frase que gritó: ––Los niños no deben revelarse a los cuatro años de edad––.
Pero también sé que a partir de ese día, se convirtió en el favorito de la semana y  aún hoy todos los viernes me saben a libertad.

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