lunes, 1 de julio de 2013

Coraje


Me sentí muy triste cuando leí en mi dictámen “Baja definitiva del IPN” en mayo de 2008. A partir de ese momento perdí las ganas de estudiar y decidí enfocarme  únicamente en el empleo. 

En ese tiempo tuve un novio, el cual fue partícipe de sumar más tristeza a mi vida, ya que decidió terminar con nuestra relación. Mis amigos de la escuela superior y dos amigas del trabajo, procuraban hacerme pasar ratos agradables para que yo no estuviera triste.

Pasó algún tiempo y conocí a Pepe: mi mejor amigo, novio, amante y segunda pareja formal en mi vida. Pasábamos momentos inolvidables ya que teníamos gustos muy similares. Era increíble ver que aquella persona tan esperada había llegado a ser mi esposo.

Nunca peleábamos ni gritábamos. Siempre nos dijimos: “Debemos decirnos la verdad, aunque eso ocasione dolor”. Llegó el momento de saber nuestras verdades y tuvimos que separarnos. Por azahares de la vida seguimos diferentes caminos. Una vez más perdí mis sueños e ilusiones; me volví fría y demasiado altanera. No me importaba nada a mi alrededor. Lejos de agradecer que la gente me hiciera ameno el día o intentara sacarme una sonrisa, me daba coraje escuchar que me apreciaba. Estaba enojada con todos y con nadie a la vez. Me sentía enojada conmigo.

No me arrepentí de lo que hice por varios años, sin embargo, me cansé de ver más por las demás personas que por mí. Una noche sequé mis lagrimas y comencé a convertir toda esa melancolía en coraje. Decidí registrarme para el examen de la UAM. Presenté el examen y me quedé. 

Ahora corro para llegar a mis clases y también a mi empleo. Mis prioridades son: obtener buenos resultados en mi trabajo, para poder costear mis gastos y poder cursar la carrera. ¡Curioso! Tengo nuevamente sueños y la universidad me ha ayudado a recuperarlos.

A Pepe lo sigo viendo esporádicamente y estamos al pendiente uno del otro. Hoy sigo convirtiendo esas lágrimas en fuerzas y ánimos para terminar esta última entrada; así mismo escribo éste híbrido juego de mi vida, que sigue sin mostrarme lo que me tocará después. 

domingo, 23 de junio de 2013

Raíces


“Tani nii, Toni nii, Tan kua'a, Ngu ta'a vi, Ixta y Nute” son palabras básicas en el idioma de mi pueblo, las cuales se traducen como buenos días, buenas tardes, buenas noches, gracias, tortilla y agua.
Nací en la Ciudad de México, sin embargo me siento honrada de tener raíces de la mixteca alta. "Yucunino" (Cerro Alto) es el nombre de la ranchería donde nacieron mis padres, y se ubica en la sierra de Oaxaca. Allí se habla el mixteco.

A partir del nacimiento de mi hermano mayor, mi abuela materna, llegó a vivir con mis papás.
Recuerdo que desde mis dos años  ya comprendía que aquellas palabras extrañas y con un tono tan gracioso, no eran las mismas que pronunciaban mis padres, porque ellos nos hablaban en español.
Había momentos en los que me sentía muy tonta preguntando a mi familia “¿Qué dijo mi abuelita?, ¿Me está regañando? o ¿Mamá, por qué mi abue no habla como nosotros?”. Parecía que se expresara en mixteco a propósito para que no entendiéramos mis hermanos y yo.
Ella hablaba muy poco el español, y no sabía leer ni mucho menos escribir. Aprendió a hablarlo mejor, así como yo aprendí a entender mejor el mixteco.
Cuando mi abue me preguntaba en mixteco, yo le respondía en español, pero a pesar de ello nos entendíamos. Era gracioso ver las caras de asombro que ponían los vecinos cuando nos escuchaban; casi nunca se quedaban con la duda y preguntaban a mis papás: “¿Cómo le hacen para entenderse?”, a lo cual ellos respondían: “No lo sabemos. Se entienden y ya”.

A los amigos que llevaba de visita a casa de mis padres, les fascinaba escucharla y siempre salían con: “Gaby, dile a tu abuelita que te hable, y tú nos traduces”. Yo reía porque todos pensaban que dominaba el idioma. A decir verdad, aprendí a entenderlo mucho más de lo que imaginé. Era muy rico entender las conversaciones de la familia, aunque yo no lo hablara. Lo que no era genial, era escuchar los gritos y regaños en mixteco ya que el tono era mucho más chillón.
Sé que ha pasado tiempo, pero tampoco es demasiado tarde, y hoy una de mis metas es aprender a escribirlo, pero sobre todo hablarlo sin dificultades, para conversar largas horas con mi querida “Na'a ña nu” (abuelita), que me ha heredado este idioma.




domingo, 16 de junio de 2013

Amigos


Conocí a David Rendón a mis 19 años. Rentábamos a escasos metros de la ESCA Santo Tomás, cuando estudié ahí. Eramos vecinos y una noche que peleó con, Miguel (otro amigo), se refugió conmigo por no tener en donde quedarse. Nos volvimos compañeros de habitación y cómplices. El día menos pensado se convirtió en mi primera pareja; vivimos en unión libre dos años. Siempre platicábamos, bailábamos y reíamos hasta llorar; lo acompañaba a sus clases en la Facultad de Odontología, así como él a las mías…

Decidimos separarnos; preferimos quedar solo como amigos y no perdernos como pareja. Lo haríamos después de nuestra última aventura. Encargamos nuestras cosas: libros, ropa, zapatos y algunos muebles. “Si no regresamos en dos meses, vendan nuestras cosas para que paguen la renta, en nuestra ausencia”, dijimos a nuestros amigos que también vivían en la casa de huéspedes.
Con mochila al hombro nos dispusimos a llegar hasta donde nos rindiera el poco dinero que teníamos. No conocimos muchos lugares, pero recorrimos parte de Puebla, Morelos, Guerrero y Oaxaca. Él cantaba, y otras veces yo trabajaba por unos días y así conseguíamos dinero para poder movernos a otro lugar; cuando teníamos suerte alguna persona nos daba un aventón. No siempre la pasábamos bien, pero disfrutábamos la delicia de sentirnos libres. Estando aún de mochileros nos enteramos de que habían vendido nuestras cosas como habíamos acordado. Llegó el día de la despedida. Me quedé un tiempo más en Oaxaca, y él regresó a casa de su papá. A mi retorno, no le perdí la pista  por algunos meses, ya que nuestros amigos me enteraban de su vida, hasta que un día no supe más.

Siete años después nos reencontramos. Me enteré de su situación, y pude acompañarlo una noche en aquel frío hospital. Tenía cáncer. Recordábamos los locos momentos compartidos, y decidimos pelear nuevamente, juntos la batalla. 
Pasaron cuatro meses, pero debido a mi ritmo de vida y a su delicado estado, no podíamos reunirnos otra vez. En la madrugada del 31 de mayo del presente año, acordamos que estaría conmigo ese fin de semana. Asistí a clases, fui al trabajo, y por la tarde le marqué. Contestó su mamá: “Gaby, te he marcado todo el día. ¿Por qué no contestas? Mi hijo ha muerto…”
Me sentí impotente, triste, deshecha y con verdaderas ganas de morir también… El cáncer ganó la batalla. Ese día por la noche lo acompañé de regreso a Morelos. En aquel hoyo, no sepulté un cuerpo, sino enterré gran parte de mi corazón.

Hoy supongo, que en el espacio donde se encuentra, está alegrando con su voz a quienes lo rodean; como alguna vez alegró mi vida. Y solo sé, que un día volveremos a coincidir.



lunes, 10 de junio de 2013

¡Basta!


Caminaba para tomar el camión e ir a la secundaria. Vi a un, señor, manejando su bicicleta, se detuvo y me preguntó: —¿Niña, de casualidad sabes dónde rentan cuartos? Claro, siga adelante y en un portón blanco verá un letrero—contesté. Caminé unos pasos más y me alcanzó de nuevo. “¿Niña, sabes para qué se usa este?...” Con la bragueta abierta y mostrando su pene, se rió de mí, se montó en su bicicleta nuevamente y se escabulló.
Corrí a casa de un vecino, toqué el timbre, pero no me abrió; me escondí tras un automóvil. Yo, temblaba de miedo y con todo el valor que tuve, seguí caminando para subir al camión; temía regresar a casa y encontrarlo de nuevo.
Por la tarde regresé de la escuela y conté a mi familia lo ocurrido por la mañana.  Querían encontrar y linchar al tipo que me había espantado. Solo hasta ese momento pude llorar; no por miedo a lo visto, si no por lo que pensé podría haberme pasado…

Después de unos años, constantemente me ocurrían situaciones similares. Iba al mercado “La Merced” dos o tres veces por semana a comprar hojas de plátano para tamales que me encargaba mi mamá. Ya fuera caminando, dentro del metro, en el microbús, etc. Me topaba con cualquier hombre, queriendo mostrarme, rozarme, tocarme e incluso perseguirme. Cuando sucedía, me sentía fatal, temerosa y asqueada; no decía algo, solo huía de aquellos que me acosaban como se les daba su regalada gana.

Un día, alrededor de las 5 horas, viajaba sentada en el camión; rumbo a la vocacional. Me despertó,  sentir el cuerpo de un hombre que había usado mi hombro, quizá como desfogue o sueño de  su mente depravada. Pensé en mi hombro, como el lugar más asqueroso del mundo. Reaccioné, me levanté, tiré mi mochila y le di un tremendo rodillazo en su entrepierna y unos buenos puñetazos. “A ver hijo de la chingada, a mi, no me harás tus porquerías...” —grité, en el camión.Aunque a decir verdad, ya lo había logrado el muy inmundo. Desperté a los demás pasajeros. Se acercó uno de ellos, para terminar de golpearlo y todos gritaban haciendo bulla hasta que lograron bajarlo del camión.

¡Nunca más! —pensé. Ahora, cuando sucede lo mismo. Muestro las garras como una fiera, grito y evidencio a quién sea necesario para refugiarme en las personas. Ya que aunque pareciera increíble, aún se detienen a defenderte contra el acoso de alguna mente enferma.

domingo, 2 de junio de 2013

La Victoria



Usé toda mi fuerza y ¡Zas!, cayó al suelo. De pronto, ya estábamos en la dirección esperando que nuestras mamás llegaran. Yo estaba satisfecha porque había vencido al mal. Fue una pelea injusta, pero con mis poderes pude asestar el golpe que terminaría con la batalla. La victoria me costó una raspadura de rodilla y un “chichón” en la frente, pero ella ¡Ja!, ella sangraba de la nariz y lloraba como bebé.

La Guerra comenzó días antes; había muy pocos de los “buenos” porque en esa semana muchos habían caído en pie de lucha; la varicela había arrasado con nuestros camaradas. La única esperanza era el duelo por la victoria; echamos suertes. Fue seleccionada mi compañera de armas, que era también mi prima; los enemigos escogieron a su lidereza, una temible Amazona de diez años que aparentaba doce (tal vez trece). Comenzó la pelea y mi pequeña prima no soportó el peso de aquella enorme contrincante.  Yo no debía permitir que la lastimasen. Entonces, tomé impulso y crucé el patio a toda velocidad, solté tremendo manotazo hacia su cara, pero ella, sujetó mi uniforme y ambas perdimos el equilibrio, hasta golpear la pared de ese salón de tercer año. 

Los compañeros decían que los buenos habían ganado el juego. Aunque era de esperarse que los malos no aceptarían la derrota; mi compañero  les dio un argumento que no pudieron contradecir,  “¡Gabriela no está llorando!, por eso ganan los Powers”; hubo un silencio ya que la niña no paraba de llorar y se levantaba a toda prisa para acusarnos con la persona que más temíamos. Todos corrimos a nuestro salón pero fue en vano, porque minutos después se presentó la directora, preguntando por “Gabriela”, todos voltearon a verme, asustados. Me perdí de las últimas horas de clase; mi contrincante aún sollozaba.

Mamá escuchó la versión de aquella autoridad, que obviamente había sido manipulada por aquella niña de diez años. Como en un juicio, fui declarada culpable por “...iniciar una pelea y golpear a una compañera que no molestaba a nadie”, y todo quedó en el expediente de conducta.
Cuando estuve en casa, mis papás preguntaron qué ocurrió... “es que estábamos jugando a los Power Rangers”, contesté, con la mirada hacia el suelo. De pronto alcé la vista porque sus carcajadas sorprendieron. —¿Por lo menos ganaste?—dijo papá, y sonriendo asentí con la cabeza.

No me castigaron en esa ocasión porque yo era menor que aquella infame, pero eso sí, me prohibieron ver esa noche mi programa favorito.

domingo, 26 de mayo de 2013

Rebeldía






"La vida era injusta" ––pensaba. Mi prima y yo debíamos quedarnos en otro salón de clases si no llegaba nuestra maestra, y seguramente a los demás compañeros los dejarían irse. De pronto llegó la directora y preguntó ––¿Quién vive dentro de la Base Aérea?––. Algunas manos temerosas se elevaron y hábilmente la mía también; al mismo tiempo pellizqué a mi prima para que levantara la suya. La directora pidió que saliéramos al enrejado para ver si aún estaban nuestras mamás fuera de la escuela y de ser así, nos podríamos retirar. Fuimos al salón por nuestras cosas y corrimos a la puerta en busca de aire diferente.
Ya afuera, se le ocurrió la idea más aburrida del mundo.
––Caminemos rápido para llegar temprano a casa...––dijo mi prima.  Yo con mi cara de pocos amigos. 
––¡Claro!, pero antes pasemos al parque ––comenté. Ver el parque a nuestra merced fue un momento mágico. Los columpios, el sube y baja, la telaraña, el pasamanos y aquella “bola” tan divertida que de tantas vueltas nos hacía vomitar. ¡Que padrísimo!. Ni un juego se nos escapó.
Después de un par de horas de extrema diversión, ya un poco cansadas, caminando  a casa, nos detuvo mi tía, que iba hacia la escuela; se enteró de que no había llegado la maestra y regresaba por nosotras. Le contamos nuestra hazaña y lo mucho que nos habíamos divertido, pero ella, no muy contenta, nos recordó que nosotras no vivíamos dentro del área militar. Mientras los demás niños demoraban caminando escasos minutos para llegar a casa, nuestro recorrido era de por lo menos de 40 minutos, porque vivíamos a orillas de la Base Aérea. No me importó caminar demasiado. Solo pensaba que había sido mil veces mejor jugar que permanecer en la escuela.
Llegando a casa, mi tía platicó a mi mamá de nuestra gran aventura y se llevó a mi prima. ¿Qué habría pasado con ella? Nunca le pregunté.
Ahora recuerdo perfectamente los millones de gritos y regaños de mamá diciendo.
––¡Gabriela!, una niña no debe mentir diciendo que ve a su mamá afuera de la escuela para poder escapar...
Y llevo tatuada en la mente aquella frase que gritó: ––Los niños no deben revelarse a los cuatro años de edad––.
Pero también sé que a partir de ese día, se convirtió en el favorito de la semana y  aún hoy todos los viernes me saben a libertad.