lunes, 10 de junio de 2013

¡Basta!


Caminaba para tomar el camión e ir a la secundaria. Vi a un, señor, manejando su bicicleta, se detuvo y me preguntó: —¿Niña, de casualidad sabes dónde rentan cuartos? Claro, siga adelante y en un portón blanco verá un letrero—contesté. Caminé unos pasos más y me alcanzó de nuevo. “¿Niña, sabes para qué se usa este?...” Con la bragueta abierta y mostrando su pene, se rió de mí, se montó en su bicicleta nuevamente y se escabulló.
Corrí a casa de un vecino, toqué el timbre, pero no me abrió; me escondí tras un automóvil. Yo, temblaba de miedo y con todo el valor que tuve, seguí caminando para subir al camión; temía regresar a casa y encontrarlo de nuevo.
Por la tarde regresé de la escuela y conté a mi familia lo ocurrido por la mañana.  Querían encontrar y linchar al tipo que me había espantado. Solo hasta ese momento pude llorar; no por miedo a lo visto, si no por lo que pensé podría haberme pasado…

Después de unos años, constantemente me ocurrían situaciones similares. Iba al mercado “La Merced” dos o tres veces por semana a comprar hojas de plátano para tamales que me encargaba mi mamá. Ya fuera caminando, dentro del metro, en el microbús, etc. Me topaba con cualquier hombre, queriendo mostrarme, rozarme, tocarme e incluso perseguirme. Cuando sucedía, me sentía fatal, temerosa y asqueada; no decía algo, solo huía de aquellos que me acosaban como se les daba su regalada gana.

Un día, alrededor de las 5 horas, viajaba sentada en el camión; rumbo a la vocacional. Me despertó,  sentir el cuerpo de un hombre que había usado mi hombro, quizá como desfogue o sueño de  su mente depravada. Pensé en mi hombro, como el lugar más asqueroso del mundo. Reaccioné, me levanté, tiré mi mochila y le di un tremendo rodillazo en su entrepierna y unos buenos puñetazos. “A ver hijo de la chingada, a mi, no me harás tus porquerías...” —grité, en el camión.Aunque a decir verdad, ya lo había logrado el muy inmundo. Desperté a los demás pasajeros. Se acercó uno de ellos, para terminar de golpearlo y todos gritaban haciendo bulla hasta que lograron bajarlo del camión.

¡Nunca más! —pensé. Ahora, cuando sucede lo mismo. Muestro las garras como una fiera, grito y evidencio a quién sea necesario para refugiarme en las personas. Ya que aunque pareciera increíble, aún se detienen a defenderte contra el acoso de alguna mente enferma.

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