domingo, 16 de junio de 2013

Amigos


Conocí a David Rendón a mis 19 años. Rentábamos a escasos metros de la ESCA Santo Tomás, cuando estudié ahí. Eramos vecinos y una noche que peleó con, Miguel (otro amigo), se refugió conmigo por no tener en donde quedarse. Nos volvimos compañeros de habitación y cómplices. El día menos pensado se convirtió en mi primera pareja; vivimos en unión libre dos años. Siempre platicábamos, bailábamos y reíamos hasta llorar; lo acompañaba a sus clases en la Facultad de Odontología, así como él a las mías…

Decidimos separarnos; preferimos quedar solo como amigos y no perdernos como pareja. Lo haríamos después de nuestra última aventura. Encargamos nuestras cosas: libros, ropa, zapatos y algunos muebles. “Si no regresamos en dos meses, vendan nuestras cosas para que paguen la renta, en nuestra ausencia”, dijimos a nuestros amigos que también vivían en la casa de huéspedes.
Con mochila al hombro nos dispusimos a llegar hasta donde nos rindiera el poco dinero que teníamos. No conocimos muchos lugares, pero recorrimos parte de Puebla, Morelos, Guerrero y Oaxaca. Él cantaba, y otras veces yo trabajaba por unos días y así conseguíamos dinero para poder movernos a otro lugar; cuando teníamos suerte alguna persona nos daba un aventón. No siempre la pasábamos bien, pero disfrutábamos la delicia de sentirnos libres. Estando aún de mochileros nos enteramos de que habían vendido nuestras cosas como habíamos acordado. Llegó el día de la despedida. Me quedé un tiempo más en Oaxaca, y él regresó a casa de su papá. A mi retorno, no le perdí la pista  por algunos meses, ya que nuestros amigos me enteraban de su vida, hasta que un día no supe más.

Siete años después nos reencontramos. Me enteré de su situación, y pude acompañarlo una noche en aquel frío hospital. Tenía cáncer. Recordábamos los locos momentos compartidos, y decidimos pelear nuevamente, juntos la batalla. 
Pasaron cuatro meses, pero debido a mi ritmo de vida y a su delicado estado, no podíamos reunirnos otra vez. En la madrugada del 31 de mayo del presente año, acordamos que estaría conmigo ese fin de semana. Asistí a clases, fui al trabajo, y por la tarde le marqué. Contestó su mamá: “Gaby, te he marcado todo el día. ¿Por qué no contestas? Mi hijo ha muerto…”
Me sentí impotente, triste, deshecha y con verdaderas ganas de morir también… El cáncer ganó la batalla. Ese día por la noche lo acompañé de regreso a Morelos. En aquel hoyo, no sepulté un cuerpo, sino enterré gran parte de mi corazón.

Hoy supongo, que en el espacio donde se encuentra, está alegrando con su voz a quienes lo rodean; como alguna vez alegró mi vida. Y solo sé, que un día volveremos a coincidir.



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