domingo, 2 de junio de 2013

La Victoria



Usé toda mi fuerza y ¡Zas!, cayó al suelo. De pronto, ya estábamos en la dirección esperando que nuestras mamás llegaran. Yo estaba satisfecha porque había vencido al mal. Fue una pelea injusta, pero con mis poderes pude asestar el golpe que terminaría con la batalla. La victoria me costó una raspadura de rodilla y un “chichón” en la frente, pero ella ¡Ja!, ella sangraba de la nariz y lloraba como bebé.

La Guerra comenzó días antes; había muy pocos de los “buenos” porque en esa semana muchos habían caído en pie de lucha; la varicela había arrasado con nuestros camaradas. La única esperanza era el duelo por la victoria; echamos suertes. Fue seleccionada mi compañera de armas, que era también mi prima; los enemigos escogieron a su lidereza, una temible Amazona de diez años que aparentaba doce (tal vez trece). Comenzó la pelea y mi pequeña prima no soportó el peso de aquella enorme contrincante.  Yo no debía permitir que la lastimasen. Entonces, tomé impulso y crucé el patio a toda velocidad, solté tremendo manotazo hacia su cara, pero ella, sujetó mi uniforme y ambas perdimos el equilibrio, hasta golpear la pared de ese salón de tercer año. 

Los compañeros decían que los buenos habían ganado el juego. Aunque era de esperarse que los malos no aceptarían la derrota; mi compañero  les dio un argumento que no pudieron contradecir,  “¡Gabriela no está llorando!, por eso ganan los Powers”; hubo un silencio ya que la niña no paraba de llorar y se levantaba a toda prisa para acusarnos con la persona que más temíamos. Todos corrimos a nuestro salón pero fue en vano, porque minutos después se presentó la directora, preguntando por “Gabriela”, todos voltearon a verme, asustados. Me perdí de las últimas horas de clase; mi contrincante aún sollozaba.

Mamá escuchó la versión de aquella autoridad, que obviamente había sido manipulada por aquella niña de diez años. Como en un juicio, fui declarada culpable por “...iniciar una pelea y golpear a una compañera que no molestaba a nadie”, y todo quedó en el expediente de conducta.
Cuando estuve en casa, mis papás preguntaron qué ocurrió... “es que estábamos jugando a los Power Rangers”, contesté, con la mirada hacia el suelo. De pronto alcé la vista porque sus carcajadas sorprendieron. —¿Por lo menos ganaste?—dijo papá, y sonriendo asentí con la cabeza.

No me castigaron en esa ocasión porque yo era menor que aquella infame, pero eso sí, me prohibieron ver esa noche mi programa favorito.

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